Fiesta de los Niños

El gran día de muchos de “los niños” del pueblo; esos pequeños judíos o motilones que llevaban desde después de Reyes esperando esta tarde, esperando su fiesta, su fiesta grande. Hasta entonces, noche tras noche a modo de ritual, se han enfundado los cencerros, se han colocado el pañuelo en el cuello y han salido a tocar por las calles del pueblo para alegrar las frías noches invernales a los vecinos y a pedir la voluntad a los forasteros.

Relatando desde mi experiencia, querría reflejar el  sentimiento de una fiesta que a pesar de ser menos mediática, también existe y debemos mimar para conservar pues es más difícil de organizar por sus protagonistas debido a su menor edad, no por ganas ni conocimiento. Esta fiesta ya ha sufrido cambios en fechas -del día 18 de Enero al último sábado antes de la de “los mayores”- debido a que la población de niños viviendo en el pueblo se redujo, pero hoy en día vuelve a haber más niños a diario y es crítico animarles para que sigan saliendo todas las noches, pues no sólo ayer, el día de la fiesta grande, es el importante, cada noche desde el día de después de Reyes también emociona.

Todo comienza  al pagar el medio, de esas simbólicas 100ptas (0.60€) que te permitían acceder a tocar con el resto de los judíos a finales de los ochenta a los euros que se deberían pedir hoy, aunque me temo se está perdiendo este acto. Después, las calles, los caminos y las callejas del pueblo esperaban para ser recorridas. Lloviera, helara, nevara,…nunca hacía suficientemente malo como para pararnos en “correr los cencerros” y si lo hacía, con una buena lumbre en el caño nos calentábamos tras las carreras, aún recuerdo ese olor a leña quemada que se impregnaba en tu abrigo, en tu pasamontañas. Íbamos también a los cruces de la carretera, a pedir la voluntad a aquellos forasteros que salían del pueblo, siempre, bajo el dicho popular, que hay que recordar:

“El día veinte de Enero espantó a la vaca el forastero y ese fue Vd
¿sabe dónde fue a parar?

(vesión “original”)
–> a la huerta del Terronal,
allí destrozó tomates, lechugas, judías,…vamos una ruina de 
valor incalculable de la que debemos de hacernos cargo 

Así pues: cero mata cero que pague el forastero…”

(v 2.0)
–> a la base espacial,
allí destrozó cables, antenas, radios, …
hasta un cohete que iba a salir no pudo por la que lió la Vaca
y ahora como estamos en Enero, con las rebajas, nos han bajado la multa a pagar,

por lo que, si es tan amable, ¿nos podría ayudar con la voluntad?”

Llegaba el día grande, sábado mañana, se iba a cortar la leña a las Viñasfuentes o al Pinar del Caño; primeros hachazos, “serrazos” y arañazos de la pelea con las ramas de encinas y primeros relevos colaborativos para llevar la leña a las Praderas Matías, o a la Plaza. Al principio se llevaba a mano o en los carros de las cacharras de la leche, después llegó la tecnología: de los cubos de la basura a los actuales camiones, pick ups,… Los mayores mandaban, dirigían, eran los que sabían y por ello tenían la autoridad, algo común y de respeto en esta patriarcal fiesta.

Hora de la comida y el descanso en casa, los nervios no te permitían comer igual que todos los días, pues había que ajustarse el mono, el costal, el cinturón, y esa comida de más te podía suponer menos velocidad en esa noche especial. Ese esperar nervioso antes de salir “a tocar” con tus camaradas de rito, no se puede expresar sino se vive.

Llegaba la tarde e íbamos a buscarnos entre pandillas de judíos para finalmente ir a la búsqueda de la Vaca y del Alguacil y del Alcalde. La fiesta en sí es una réplica de la parte de tarde de las de “los mayores”, por eso no me quiero alargar en ello pero, esas vueltas a la farola subiendo y bajando escalones, dar el máximo en cada carrera, superar las caídas, el olor del peligro cuando llegaba la hora de atar a la vaca con la cuerda; te hacían descender a ese instinto animal de superación y supervivencia, al que muchas veces el ser humano necesita saborear, pues es esencial “saber” sentir, conocer de donde se viene.

Los tiempos cambian, las generaciones cambian, “los niños” cambian, pero lo que nunca cambiarán son las sensaciones de vivir una fiesta mamada y sentida desde antes de tener uso de razón. Eso es lo importante, sentir ese cosquilleo en el cuerpo, el mismo que en su día tuvieron tus padres, tus abuelos,…o simplemente ser el pionero en experimentarlo, sentirlo y querer difundirlo.

Juan F. Cabrero

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